lunes, 25 de febrero de 2013

Gestos invisibles


Por Mónica, militante de AJ. Hace casi dos años, después de la preciosa experiencia de ser oferente en el Voto de Covadonga, muchas personas del entorno IT que habían leído mi testimonio me hicieron llegar su agradecimiento y su cariño. Una de ellas fue Carmen Carreño. Llegué un lunes al Colegio Mayor y me encontré con un regalo especial: un pequeño icono de la Virgen con el Niño, lo había hecho ella misma. La llamé a su casa de la calle Regalado para darle las gracias, y en esa conversación me expresó con sencillez cuánto le habían gustado mis palabras, al detalle del icono le quitó importancia.

En estos años, lo más probable es que Carmen y yo nos hayamos cruzado en la Sede, en misa o sencillamente por la calle en alguna ocasión. No hablé con ella más que aquella vez, nunca le puse cara; sin embargo, su icono ha estado en mi mesita de noche desde entonces, y muchas veces, rezando, lo he sostenido entre las manos.

Cuando Loli me invitó a comer a Regalado la semana pasada, le dije que mejor esperábamos a la siguiente semana, puesto que Carmen estaba en el hospital y no estaba muy claro cuándo iba a salir. Entre tanto, otras andaban preparando su fiesta de 90 cumpleaños, que era dentro de poco, para cuando estuviera recuperada. Salió hace unos días, pero no se ha podido celebrar ninguna fiesta, porque hoy ha tenido que volver al hospital para quedarse. La estaba esperando el Señor.

Esta tarde he ido a misa y me he llevado su icono en el bolsillo. Me ha resultado casi imposible prestar atención a la homilía, y me he quedado pensando en Pedro, Juan y Santiago que “se caían de sueño” mientras estaban en la montaña orando con Jesús. Solo un suceso extraordinario consigue arrancarles de su ensimismamiento. Y por dentro yo pensaba en qué me hubiese costado andar diez minutos, conocer a Carmen y darle las gracias en persona, en lugar de llamarla por teléfono.

¿Cuántas cosas me perderé en esos ratos en los que “me caigo de sueño”? Esta semana, precisamente, he tenido muchos. Gracias a Dios, que nos despierta de golpe y porrazo para recordarnos que su Evangelio no se puede vivir adormilada, observando pasivamente. Torpeza nuestra, tan humana, el no saber reconocer el valor de las pequeñas cosas… qué pena que, a veces, solo algún suceso de esos que te remueven de arriba abajo logre hacernos salir de nosotros mismos y “espabilar” nuestro corazón.

Creo que hoy, por primera vez en mi vida, me he sentido unida a alguien a quien jamás vi. Es precioso descubrir cómo Dios va tejiendo en nuestras entrañas, con amorosísima paciencia, eso que llamamos “comunidad”. Hoy me parece como si la comunidad fuese un sentimiento… y creo que es, sencillamente, porque nunca lo había sentido de esta manera: tan inmaterial, tan en soledad.

Hoy quisiera agradecer el amor derramado en tantos gestos invisibles que, de pronto, colman de sentido esos ratos perdidos de sueño e inundan el alma de nostalgia y de ternura.

jueves, 21 de febrero de 2013

Escuchadle


Por Redacción AJ.
 
En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.
Jesús “coge” a sus amigos, los suyos, los íntimos y los lleva al monte, fuera del tráfico diario; va a ser una experiencia para que les llene los sentidos, una experiencia para escuchar, necesitan silencio, intensidad, disponibilidad, apertura. Dejarse coger por Jesús para ir a estar con Él, a saber cómo es, es tener coraje. Y también lo es el invitar a tus amigos a orar, a compartir tu verdadero rostro, ese que eres tú de verdad porque es quien eres frente a Dios. Dejarte ver con el rostro iluminado por su amor y su ternura, dejar ver de qué te vistes… dejar que Jesús te regale con su amistad y que te comparta -así en amistad- lo que Él vive de su Padre, lo fascinante de su vida profunda, quién realmente es Él.  
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
Hablaban de su muerte que iba a consumarse en Jerusalén, en la ciudad, abajo, en el tráfico de fuerzas, de poderes y de intereses, su muerte, su entrega iba a consumarse. Por eso les prepara con esta experiencia. Tienen que acopiar sentido, tienen que grabar fuerte el rostro iluminado de Jesús, sentir fuerte su amistad para poder entregarse en verdad luego en el momento de mayor dificultad o en la entrega diaria. Jesús invita a sus amigos a mirar su muerte desde una experiencia de amor del Padre y eso se vive, se acoge con coraje, se apoya y no se dice nada. Todo lo demás es queja superficial. Se aguanta, se ama, sin más.  
Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:- «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.
¡Qué bien se está aquí! Y sin embargo hay que tener coraje para subir con los amigos al monte a orar. ¿Es que tenemos miedo de que nos falten/ les falten los ruidos que entretienen y atontan para no mirar, escuchar, celebrar la verdad profunda de que Él nos ha elegido como amigo, como amiga?, ¿es que tienes miedo de que Él te deje ver y entender quién es Él y quien eres tú y tus amigos para Él?, ¿tienes miedo de que Jesús te defraude o les defraude?, ¿es que tienes miedo de saberte y sentirte amada, amado por Él?

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:- «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.» Cuando sonó la voz, vieron solo a Jesús vieron solo a Jesús. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
Mira a Jesús con su rostro cambiado por la experiencia de confirmación: Tú eres mi Hijo. ¿Qué vive Jesús? Es la cima de la experiencia: escuchar la voz de Dios, haber oído personalmente que Él es el Hijo predilecto, el escogido. “Lo que nuestros ojos vieron y nuestros oídos escucharon”… eso es lo que os contamos. Es una experiencia personal y constitutiva y a la vez es una experiencia de grupo, que da profundidad y arranca de lo superficial. “Escuchadle” ¿es una petición?, ¿es un ruego? Escuchadle en la oración, abrid todo el ser en la acogida. Dejad que todo Él os hable. Escuchadle también abajo, escuchadle en los que mueren como Él, en los indefensos, en los vulnerables desde donde Él os habla. Ellos también son el Hijo predilecto y hay que tener el coraje de mirarles a su cara transfigurada, de escuchar su voz a veces sin palabras. Escuchad a los que como Él se entregan a la muerte y a la vida y la enfrentan cara a cara y la viven con verdad y con pasión. Escuchadle, escuchadle… porque cuando sonó la voz, ya desde entonces, vieron solo a Jesús.

Es la cima de la experiencia, escuchar la voz de Dios que te dice hoy también a ti: “Tú eres mi hijo, tú eres mi hija amada”. Orar es escuchar libre, desnudamente, esa voz, acogerle a Él, dejarse transfigurar por Él, dejar que su palabra se haga vida en nosotros y que salga también para ser escuchada en su nombre en el monte con los cercanos y en el valle, en la ciudad donde se aguarda la esperanza quizás sin saberlo.

lunes, 18 de febrero de 2013

Lincoln


Por Isabel Romero. Hoy he ido a ver Lincoln, la película de Spielberg. La verdad es que he ido muy bien predispuesta. Las críticas excelentes. Daniel Day-Lewis dando la garantía de un trabajo actoral magnífico. Caracterización y ambientación precisas. Y Spielberg que, como director nunca falla. Me puede gustar más o menos el tema de la película que haga, pero la hará impecablemente. Ha tocado todos los géneros y en todos sale airoso.

Sin embargo, aquí hace una película anómala en su filmografía. En ella no hay melodrama. Sólo el drama íntimo y político de un hombre que sabía que ocupaba un lugar de la Historia que no podía ni quería abandonar.

Abraham Lincoln es, desde hace muchos años, una persona inspiradora para mí. He leído mucho de su vida, de su muerte y de su etapa como presidente de su país.

Pero no conocía el empeño que se describe en la película, de los últimos meses de su vida, por que se aprobara la decimotercera enmienda a la Constitución estadounidense. Esa en la que el país prohíbe la esclavitud en sus territorios para siempre.

No bastaba con el Decreto de Emancipación, que había sido proclamado durante la guerra y era, por tanto, una medida provisional, había que asegurar legalmente para siempre que "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" no podía asentarse sobre dos criterios antagónicos: la consideración de que negros y blancos eran iguales y la contraria.

La igualdad ante la ley, por encima de prejuicios, ignorancia o sentimentalismos, se erige en el elemento central de la película, porque ya lo era de la convicción política lincolniana.

Ver esas escenas, esos debates, a menudo en interiores alumbrados por lámparas de gas, durante noches insomnes y vigilantes, ha sido como respirar lo mejor del espíritu humano.

Esta película viene a alimentar la memoria humana con los hechos que nos han dado el ser.

No puedo menos de sentirme agradecida. Esto, ahora, en 2013, no sólo tiene que ver con EE.UU., sino con la humanidad, con cada uno de nosotros, como la Declaración de los Derechos Humanos, los esfuerzos de las sufragistas inglesas o la plantada de aquel joven chino antes los tanques, en 1989, en la plaza de Tiannanmen.

Esta visión de Lincoln agotado e irreductible, viejo e idealista, puro y manipulador, pacífico y guerrero, me ha hecho el efecto de una ráfaga de aire limpio.

La corrupción que parece acosarnos, el tema nacionalista, la rapiña de los que siempre quieren más, el desprecio a los que nada tienen..., nada de esto puede vencer. Nada de lo que aliena a las personas, de lo que las somete y las confunde, podrá erigirse como verdadero o justo.

Lincoln animaba a mantener la fe en la razón. Dio su vida por ello.

jueves, 14 de febrero de 2013

Dos proyectos en juego


Por Redacción AJ. La liturgia del primer domingo de cuaresma, este tiempo fuerte de preparación a la Pascua, nos presenta a Jesús en combate abierto con el diablo. El pasaje está tomado del Evangelio de Lucas. También Mateo y Marcos recogen este relato en sus evangelios. Los tres lo sitúan inmediatamente después del Bautismo de Jesús en el Jordán, y al comienzo de su predicación. No es un dato irrelevante como veremos a continuación.
En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:
- «Si eres Hijo de Dios, dile a estas piedras que se conviertan en pan.» Jesús le contestó:
- «Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre":»
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:
- «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí todo será tuyo. »
Jesús le contestó:
- «Está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto".»
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:
- «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti", y también: "Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras".»
Jesús le contestó:
- «Está mandado: "No tentarás al Señor, tu Dios".»
Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión. (Lc 4, 1-13)

UNA CIFRA Y UN LUGAR
Cuarenta días permaneció Jesús en el desierto. Cuarenta es una cifra que designa un período de tiempo largo e indeterminado. Evoca el tiempo que Moisés estuvo en la montaña “hablando” con Dios; simboliza igualmente los cuarenta años que el pueblo de Israel estuvo en el desierto caminando hacia la tierra prometida. La cuaresma, los cuarenta días que preceden al triduo sagrado y que la Iglesia propone como tiempo propicio para la conversión, se inspira en este número simbólico.
La escena ocurre en el desierto. Lugar inhóspito, de calor y frio, de viento, polvo y arena.  Lugar donde se experimenta la prueba, la soledad, el miedo, el hambre y la sed. El desierto es lugar de sorpresas y de riesgos, y es también lugar idóneo para el silencio, la búsqueda y el encuentro con uno mismo y con Dios.
 UNA PREGUNTA
Y cabe preguntarse: ¿Por qué va Jesús al desierto? ¿Qué le mueve a ello?
Era habitual que los profetas se retirasen al desierto. El mismo Juan elije como ámbito de su predicación el desierto. ¿Quiere Jesús hacer lo mismo? ó ¿tal vez necesita rumiar y tratar de comprender las sorprendentes palabras escuchadas en el Bautismo? “Tú eres mi Hijo amado…” Nos inclinamos por lo segundo.
Si nos fijamos detenidamente el texto dice que Jesús “lleno del Espíritu Santo era conducido por el Espíritu en el desierto”. Lucas desea subrayar que la iniciativa de ir al desierto la toma el Espíritu y es Él quien conducirá a Jesús en esta travesía dura y hostil. El evangelista da a entender que la fuerza del Espíritu recibido en el bautismo sostendrá a Jesús en la prueba contra el enemigo y en la tentación.  
La tentación entendida como aquello que pone en peligro la realización del proyecto de Dios. Aquello que nos desvía del seguimiento de Jesús. Eso, ya sean: cosas, personas, bienes, planes, deseos, afectos…  que aparecen en nuestra vida con pretensión de totalidad, imponiéndose  sutilmente y exigiendo de manera engañosa que nos sometamos a ellos; ídolos que pretenden ocupar en nuestras vidas el lugar que sólo corresponde a Dios. Ídolos y falsos dioses, omnipresentes a la condición humana que hay que descubrir para poder hacer frente. A ello nos ayudará profundizar en el texto de Lucas.
JESÚS ES TENTADO TRES VECES.
La primera tentación: “Haz que estas piedras se conviertan en pan”. En principio es un deseo legítimo, saciar el hambre. No parece que haya nada malo en ello. Pero detrás está la imagen de un dios “varita mágica”, un dios “tapagujeros” que en el fondo se puede manipular; un dios hecho al antojo y la medida del hombre. Al que se acude para saciar necesidades pasajeras, y que oculta al Dios que Jesús empieza a descubrir en el desierto, al que se acude desde la libertad, la gratuidad y el amor, el Dios que alienta y posibilita vivir en plenitud, desde los deseos más hondos del ser.
La segunda tentación: “Todo esto te daré si postrándote en tierra, me adoras”.  Es la tentación del  poder, de la riqueza y del prestigio.  No es que esto, en sí mismo, sea malo. ¿Dónde está el engaño? El texto señala que Jesús es llevado a un “lugar alto” donde divisar bien todo lo que se le dará en posesión. La intención del tentador es clara: que el prestigio, el poder, la fama, el engreimiento, etc. que dan la riqueza y los bienes materiales, sean dioses, los únicos dioses a los que adore el hombre. Jesús rechaza radicalmente esta oferta porque va comprendiendo, que su plan de salvación se sostiene en otros pilares, y pasa por el abajamiento, por hacerse pequeño, por pasar desapercibido, por estar con los últimos, por ponerse a servir, por entregar la vida...
La tercera tentación es muy sutil pues Jesús es llevado a Jerusalén, al alero del templo situándolo en el ámbito de lo sagrado. “Si eres el Hijo de Dios, tírate aquí abajo porque está escrito, los ángeles te sostendrán para que tu pie no tropiece…” De nuevo la tentación es clara, pretender adorar a un dios distante, alejado de la realidad y desencarnado que choca con la imagen del Dios que a Jesús se le está revelando. Un Dios capaz de asumir la fragilidad, el dolor y el límite. Un Dios que no evita el riesgo de la libertad, la equivocación y el fracaso.
DOS PROYECTOS EN JUEGO
Tres tentaciones y la misma dinámica: la confrontación de dos proyectos. Dos planes de felicidad están en juego. Uno el que presenta el tentador. El otro el que va descubriendo Jesús en su estancia en el desierto, y que en el contraste con el diablo se le va haciendo evidente. El proyecto de ser y de vivir como hijos de Dios. “Si eres hijo de Dios …”  
Este es el mensaje que escuchó Jesús en el bautismo. “¡Tú eres mi hijo amado. Yo te he engendrado hoy!” Aquí está el núcleo central de la predicación de Jesús y la novedad de su anuncio y misión. Mostrarnos que somos con El, hijos de Dios y estamos llamados a vivir desde esa condición y dignidad. 
La Cuaresma es tiempo favorable para desentrañar a través de la oración personal, de la reflexión y el compartir en nuestros grupos, de la escucha atenta de la Palabra, 
  •  Lo que significa vitalmente ser engendrados por Dios,
  •  Las tentaciones con las que nos topamos a diario,
  •  En qué se traduce,  en nuestro día a día, vivir sabiéndonos hijos amados de un Dios que es Padre.