lunes, 13 de febrero de 2012

El pan nuestro de cada día


Por Ximo Bosch. Ando yo con la manía últimamente de revisar lo que digo.  Me explico. Yo creo que todos hemos experimentado la sensación, en alguna ocasión de especial aburrimiento, de repetirnos una palabra cualquiera un número indefinido de veces, preguntándonos por el origen de su significado. De repetir tanto una palabra cualquiera, resulta que  pierde su significado y acaba pareciendo absurda y arbitraria.

No debería pasar algo así con la oración, ¿no? Y es por eso que revisando los acontecimientos de estos días, que no dejan de sucederse como una cascada de malas nuevas, me repito en mi oración diaria la frase “danos hoy nuestro pan de cada día”. Y resulta que, de repetirla, en lugar de perder significado, lo va ganando. Al principio, me venía pareciendo un ruego, una súplica a un padre de algo que resulta propio de su voluntad. Luego, viendo (insisto, los tiempos que corren), pasa a ser una especie de reclamo; algo así como un “que pasa contigo, ¿nos vas a dar el pan o qué?”. Finalmente, ese pan nuestro de cada día acaba por convertirse en un susurro pidiendo fuerzas para hacer lo justo, lo necesario, para que todos y cada uno de nuestros hermanos puedan ganarse el pan suyo/nuestro de cada día con sus méritos, con sus esfuerzos, con sus sueños.

Y es que el trabajo ha pasado de ser un medio para contribuir al bien común, a ser una fuerza contabilizable en una cadena de sucesos, de ser un hecho consustancial al género humano a ser una variable en la estadística y cotidiana dictadura de los mercado, definitivamente el pan nuestro de cada día ya no se obtiene con el esfuerzo de cada uno, sino con la benevolencia de los poderosos. Esto es grave porque sitúa al trabajador, como siervo agradecido que no sabe que el pan que come no se lo debe a la buena voluntad de otro más opulento, sino que le corresponde por derecho.

Leyendo la próxima reforma laboral y el acuerdo por el empleo (que ya han firmado los sindicatos mayoritarios), el puesto de trabajo ha dejado de ser un derecho, para ser un privilegio que hay que ganarse con buena conducta, bajo salario y alta productividad.

Y esto me lleva a pensar en mis compañeros de trabajo de la enseñanza. ¿Se puede trasladar esta filosofía en la que uno debe ganarse el pan por proximidad al empresario, al mundo de la enseñanza y en concreto al mundo de la enseñanza en centros de ideario católico? No debería ser así, ¿no?

Me viene a la imaginación una situación esperpéntica. Imagino a los apóstoles repartiendo panes y peces diciendo algo así como “¿Quieres pan? Pues apúntate al grupo de cantos, allí junto al olivo. ¿Te apetece este pez? Uy, no, que tú no eres de los nuestros, quita, quita. Hombre, yo quisiera darte de comer pero es que claro ¿tú, de qué apóstol eres?, ¿dónde se te ha visto a ti practicando el culto?”

No hace mucho, tenía con un compañero jesuita esta discusión. ¿Ha de estar el pan nuestro de cada día supeditado a la identificación del trabajador con la posición del empresario? En cualquier sector productivo diríamos que semejante afirmación es una barbaridad. ¿Y en enseñanza? ¿Es posible la conciliación entre el derecho al libre pensamiento y los fines de la institución que ampara la actividad?

No es una pregunta sencilla, ni retórica. No tengo clara yo la respuesta. Pero sí tengo una seguridad cercana a lo absoluto: es mucho más fácil responder a preguntas de este tipo si la respuesta no depende de una sola persona. Es mucho mejor el consenso al que se llega con el mayor número de personas implicadas. Mi convencimiento personal es que los centros educativos que se construyen bajo la participación efectiva de la comunidad educativa, tienen más posibilidad de acertar en su política empresarial.

Pues eso, a seguir rezando, “perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden...” Jo, si es que no me dejan descansar.

domingo, 12 de febrero de 2012

Extendió la mano y lo tocó...

"En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Por Redacción A.J. Tener lepra en tiempos de Jesús, suponía mucho más que sufrir una enfermedad más o menos grave (pues con este término se designaban muchas afecciones de la piel).  La primera lectura de este domingo  nos acerca al contexto de la mentalidad judía para comprender y contemplar con hondura el gesto de Jesús en el Evangelio:

“El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: "¡Impuro, impuro!" Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»”.

Las prescripciones del libro del Levítico ilustran bien la soledad (“vivirá solo”), la exclusión  y la marginación (“tendrá su morada fuera del campamento”) que iban aparejadas a la enfermedad. Exclusión y marginación a la vez social y religiosa, pues en esta mentalidad, y dado que la enfermedad era interpretada como una maldición divina, un castigo o una consecuencia del pecado de la persona enferma, ser leproso era ser tenido también por pecador e impuro.

Así pues, el hombre que se acerca a Jesús no sólo se siente enfermo: está apartado, es un excluido, un rechazado de la sociedad. Hay todo un sistema social y religioso que lo condena a vivir en los márgenes, a ser considerado y considerarse maldito.
Su gesto de acercamiento a Jesús es expresivo de un atrevimiento lleno de confianza: “Señor, si quieres puedes limpiarme”. No suplica sólo curación, quiere sentirse limpio:  limpio de la soledad,  del abandono y la exclusión, de todo aquello que en él experimenta como manchado o sucio.
El evangelio nos dice que Jesús “sintió lástima”, y que esta compasión se materializa en un gesto fuerte: no rehúye el contacto con la piel de aquel hombre, alarga la mano y lo toca. Como otras veces, Jesús transgrede la Ley que, en nombre de Dios, margina y excluye, y con este gesto con el que traspasa la frontera de lo puro e impuro, declara que nada queda fuera del amor sanador y salvador de Dios: «Quiero: queda limpio».
Así, aquel hombre no sólo es curado de su enfermedad, sino que queda restablecido en su dignidad. Recupera su capacidad de reconocerse y ser reconocido por los demás. Por eso Jesús, aunque le pide silencio, le envía al sacerdote “para que conste” su reinclusión en la comunidad.
Sin embargo, a pesar de la llamada a la discreción, este hombre, sin necesidad de templo y sacerdotes, no puede dejar de anunciar la experiencia de liberación que ha tenido, convirtiéndose así en mediación para que otros se acerquen a Jesús.

El evangelio, este domingo, nos invita a preguntarnos por quiénes son hoy los “leprosos” de nuestra sociedad, quiénes viven hoy en los márgenes, quiénes son considerados “impuros” o “malditos”. Nos invita a caer en la cuenta de  cuáles son hoy las “lepras” (políticas, sociales, ideológicas, culturales…) que marginan y excluyen, que condenan a la soledad, que consideramos imperdonables. Y nos cuestiona acerca de la calidad de nuestra compasión, de nuestra apertura y audacia para  “tocar” la piel del otro, para dejarnos afectar, para correr el riesgo de traspasar las fronteras que impiden el encuentro con el mal visto y excluido.

Y, por último, el evangelio nos invita también a reconocer qué necesita, en nosotros, ser sanado  y “tocado” por Jesús, y a presentarnos ante Él como este hombre del evangelio, desde la confianza en su amor y su acogida incondicionales.

lunes, 6 de febrero de 2012

Cinco razones para ver... La fuente de las mujeres (Radu Mihaileanu, 2011)


1. Quinto largometraje del director rumano, cuya filmografïa ha sido reconocida y premiada en festivales como Sundance (El tren de la vida, 1999), Premios César del Cine Francés (Vete y Vive, 2005) y los Globos de Oro (El Concierto, 2009).
2. Película en la que destaca la interpretación magistral de la famosa actriz, cantante y bailarina argelina Baya Bouzar “Biyouna” en el papel de Viejo Fusil, así como de Hiam Abbass, actriz de origen palestino a la que hemos podido ver en películas como The Visitor, Los limoneros o Amreeka, encarnando esta vez el amargo personaje de Fátima.
3. La fuente de las mujeres está inspirada en un hecho real sucedido en 2001 en Turquía y, metafóricamente, en la comedia griega de Aristófanes, Lisístrata. La película muestra cómo las mujeres de un pequeño pueblo del norte de África, deciden ser dueñas de sus destinos: inician una huelga de sexo que se prolongará hasta que los hombres no accedan a canalizar el agua hasta el pueblo. En palabras de R. Mihailaeanu, una llamada al amor por parte de un grupo de mujeres que está diciendo a sus hombres: Amadnos y miradnos, porque el amor empieza en una mirada.
4. La cinta nos muestra el entramado entre religión (Islam) y cultura en un ámbito rural, donde despierta entre las mujeres la conciencia de poder transformar la realidad: sólo la unión les dará fuerza para luchar por una causa común que les llevará a mejorar sus condiciones de vida.
5. Interesante  los rostros del Islam que se nos presentan (el encuentro de Leila y las mujeres con el imán en la mezquita o la expulsión del pueblo del hijo de Viejo Rifle nos devuelve una imagen – tristemente - demasiado poco realista para aquel contexto) y los rasgos de los personajes principales (la paciencia de Sami, la fortaleza de Leila, la utopía de Loubna, la dureza de Fátima,…) Tiene algunos contrastes y puntos de ironía, reconocibles en el tipo de humor de El concierto. Si bien en algunos momentos peca de excesivamente costumbrista, hay que reconocer el acierto en la elección de la localización y en la presentación de las tradiciones, como los cantos populares, las fiestas o el hammam.

viernes, 3 de febrero de 2012

Se acercó


"En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar." (Mc 1, 29-39)
Por Redacción AJ. Siempre decimos que al rezar con un texto del evangelio conviene leerlo con un poco más de amplitud de lo que nos es ofrecido. En el ciclo litúrgico vamos leyendo el evangelio por trozos y a veces corremos el riesgo de olvidarnos que tienen una continuidad. 

El texto de hoy es del comienzo del evangelio de Marcos y viene precedido por esta secuencia de hechos: Juan predica en el desierto y bautiza en el Jordán; Jesús tiene una experiencia fundante (que le transforma totalmente y en la que se siente impulsado a anunciar la Buena Noticia de que el Reino de Dios está próximo); Jesús invita a unos pescadores a seguirle y formar una comunidad itinerante que le acompañe en la misión a la que se siente enviado; van a Cafarnaún donde están una semana (¿conociéndose y compartiendo?), se acercan a la sinagoga en sábado (lugar oficial de reunión y culto en su religión judía) para enseñar de una forma nueva (la que da el conocimiento interno de Dios y su Amor) y rompe el sábado sanando; de ahí se van a la casa de Pedro y Andrés donde vuelve a romper el sábado (texto de hoy) sanando. Ese atardecer lo romperá muchas veces más curando a todos los que se agolpaban en su puerta. Al amanecer se retirará a rezar y después de discernir lo acontecido decide continuar por otros pueblos “pues a eso he venido”.

La escena de hoy está, por tanto, inmersa en el proceso de discernimiento y elección de la vocación y misión de Jesús. Casi me atrevería a decir que es llave, porque marca el “cómo” vivir la misión a la que se siente movido.
· Al acabar ese sábado habrá quedado claro su programa: ha venido para anunciar sanando que el Reino de Dios está con los que sufren, aunque sea en sábado. Más adelante le pedirán cuentas y dará razones: “el sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27).
· Tiene claro que el lugar oficial (la sinagoga) no es el único lugar donde anunciar la Buena Nueva, aunque también.
· Las casas de los creyentes, sus comunidades, son (también) lugar de sanación, de Buena Noticia, de testimonio, de servicio. 
· La liberación es para todo aquel que esté dispuesto a escuchar su propuesta de Vida. Se siente movido a estar siempre en camino, siempre atento a cubrir las necesidades (no así las expectativas) de aquellos que necesitan una palabra de aliento y un gesto de amor.
“Se acercó… la cogió de la mano (la tocó)…” Jesús se acerca a esta mujer y muestra su preocupación por lo que le pasa. Ante la angustia, la necesidad, el miedo, la enfermedad, Jesús se acerca, se aproxima siempre. Se hace amigo y médico. Coge de la mano, toca, se implica. Párate y mira tu necesidad, piensa de qué quieres que te cure el Señor. Pídele al Señor que toque esa herida, esa parte frágil que tanto te cuesta acoger.

“La levantó…” Jesús te invita hoy a ponerte en pie, a no dejarte encorvar o tumbar por las dificultades, por el dolor, por la angustia. Tu dolor no le es indiferente. El Señor te coge de la mano para que no te quedes paralizado o paralizada por la dificultad. Tú eres más que eso. Eres valioso, valiosa, por ser tú. Eres especial a sus ojos, eres su criatura. Eres también todo lo que entregas en el servicio a los demás, o lo que podrías entregar. Eres posibilidad, capacidad de Dios. Pídele a Jesús que te ayude a levantarte en aquello que te tumba, que te duele. Preséntale al Señor tu ser débil y frágil y pídele que lo haga posible.

“Se puso a servirles…” Todo encuentro profundo con Jesús lleva al servicio fraterno. Agradecida y transformada, la suegra de Pedro pasa a servir a los hermanos.  ¿A qué te invita Jesús? ¿A qué te sientes movido o movida, cuando escuchas que te dice “estás sanado, estás sanada”?  Pídele que te abra los ojos ante tantas situaciones que necesitan de tu cercanía, que te ayude a estar atento o atenta a las necesidades de los que te rodean, que te ayude a implicarte en esta realidad tan necesitada.