viernes, 18 de noviembre de 2011

Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, me lo hicisteis a mí

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes  hermanos, conmigo lo hicisteis."
Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»" (Mt 25, 31-46)
Por Redacción AJ. Una pregunta resuena en nuestros oídos al leer el evangelio de este domingo: ¿Cómo andamos de fraternidad? ¿Cómo nos dejamos afectar por el dolor y el sufrimiento de la gente? ¿En qué gestos y acciones concretas se trasluce nuestro cuidado por quienes sufren, por los que están en la cárcel o enfermos…? Pero queda igualmente un reto y un estímulo a posicionarse del lado de Jesús, es decir, del lado de la misericordia y del amor.
El contexto en el que Mateo sitúa estas preguntas en su evangelio es al final de la quinta sección, en una escena donde se describe al Hijo del hombre que viene a juzgar a todas las naciones en el tiempo final. Como un pastor que lleva ovejas y cabras en un mismo rebaño (se trata de una práctica siropalestina), el Hijo del hombre separará a unas de otras, de la misma manera que en otros momentos nos ha hablado de separar el trigo y la cizaña (Mt 3,12) o los distintos peces en la red (Mt 13,24-30), o como en el capítulo anterior describía la separación de los dos hombres que están trabajando en el campo, o las dos mujeres que están moliendo trigo, etc. (Mt 13,47-50). Al separar a las ovejas de las cabras, el evangelio nos dice en qué lado quedarán unas y otras. La derecha es siempre un puesto de honor y de bendición; el mejor camino que se puede elegir, mientras que el lado de la izquierda es por el contrario desfavorable.
Este evangelio nos pone delante aquellas situaciones de necesidad, sufrimiento, extranjería, cárcel, que padecen muchas personas ayer y hoy. En ellas el rostro de Dios se hace concreto y palpable. De ahí que responder con solicitud, cercanía y misericordia es acoger y amar a Dios mismo y contribuir con nuestros pequeños gestos para que la historia se vaya transformando en “Mesa compartida y en Casa común”.
Las acciones que va describiendo el evangelista suponen haber optado por un estilo de vida que está marcado por la acogida radical, por el amor más allá de las propias fronteras. Suponen que una persona se ha decidido a encontrarse y “ser encontrado” por los ojos del “otro”, y que opta por dejar que la mirada de los que sufren, los extraños y diferentes toque su historia de vida y que su rostro irrumpa en sus espacios y tiempos; más aún, que elige no quedarse anclada en su bienestar material que para nada es universal.
Para quienes quieren seguir a Jesús, este es el camino: gratuidad en el amor, cuidado y proximidad con las situaciones de dolor y sufrimiento, de exclusión e injusticia, compromiso real y concreto que se traduce en gestos y acciones concretas. Los cuerpos inoportunos ante quienes se vuelve el rostro reabren, no solo la pregunta por nuestra común pertenencia a la casa común (oikeiosis), y la inauguración de un orden social y cívico regido por la hermandad universal, sino también invitan a revisar nuestro discipulado y a convertirnos.
Son muchas las heridas de la humanidad en la actualidad, muchos los hombres y mujeres que en nuestro entorno padecen las consecuencias de una crisis que deja grandes cuestionamientos éticos.


El evangelio de este domingo es una invitación a resituar nuestra escala de valores, las prioridades que determinan la distribución de nuestros tiempos y espacios, la generosidad de nuestro compartir; es un desafío a nuestra indiferencia y nuestra ausencia de solicitud, acogida y proximidad; es una provocación a compartir con generosidad y sin pedir nada a cambio, una invitación a fortalecer los lazos de reciprocidad y solidaridad, a tejer una nueva ciudadanía que hunda sus raíces en la experiencia de la acogida gratuita, y que se fortalezca en la sabiduría que se desvela cuando se consiente en ser visitado y se movilizan todas las energías para recibir, reconocer y acoger. Y es en estas experiencias de encuentro comprometido y solidario con los hombres y las mujeres hermanos que sufren donde acontece la experiencia de encuentro con el Dios de Jesucristo.

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