lunes, 9 de enero de 2012

7 de enero


Por Francesc Tous. Empiezo con un par de tópicos: ¡el tiempo vuela! ¡Ya se nos ha escapado otra Navidad! Es posible que una buena manera de evaluar si alguien ha empezado a experimentar esto que conocemos como Reino de los Cielos sea fijarse en la cantidad de veces que une en una misma frase estas dos palabras: tiempo y escapar. Dicen que los místicos y las grandes mentes iluminadas, sean de la tradición que sean, han estado en un lugar en el que el tiempo ya no se escapa. Justamente por eso son místicos: han traspasado la frontera que separa el tiempo de la eternidad.

En mi caso tengo que reconocer que me cuesta escapar de estos dos tópicos. Sí, el tiempo vuela, y cada período singular del calendario se repite año tras año sin conseguir penetrar nunca su auténtica especificidad. Es difícil abstraerse de la tentación de mirar atrás y lamentarse de lo que podría haber sido y no fue, y de lo que se podría haber hecho y no se hizo. Y de lo que podría haber sido esta Navidad, como la anterior, y no ha acabado de ser. Y de convertir esta práctica en una rutina castrante.

Pero la vida desborda las estrecheces de nuestras inercias vitales y de nuestros circuitos cerrados para que “el que quiera entender, que entienda”. La vida nunca falla. Siempre nos pone delante de nuestras narices justo lo que necesitamos. Decir esto no es lo mismo que vivirlo con todas sus consecuencias, pero enunciarlo ya es un paso. Escribiendo estas líneas me he dado cuenta de que esta Navidad he vivido algo que nunca había vivido antes: entre Nochebuena y Reyes, he asistido a dos entierros y un bautizo (de un niño que nació el último día del año). Más tópicos: el sinsentido de la muerte y el misterio de la vida. Morir el día de Navidad parece en sí mismo una paradoja, más aún cuando el dolor es doblemente agudo y la soledad doblemente intensa. Y nacer el último día de un año como este, con tantos malos augurios oscureciendo el futuro inmediato, algunos lo podrían interpretar más bien como una mala jugada del destino que como un motivo de esperanza.

Pero la vida (y quizá también la muerte) nunca se equivoca. Y quizá esta afirmación no se desprenda de ningún análisis racional y sólo se pueda entender cuando uno mira un pesebre (el de Belén, el de Barcelona y el de donde sea) y percibe de pronto su unidad inquebrantable. Y quizá este sea otro tópico más, el último de esta entrada, pero es que la vida, como Jesús, es muy insistente (y persistente). Y si hoy yo lo uso y lo reescribo (después de que millones de veces me haya sonado hueco y repetitivo) es quizá porque el tiempo es menos secuencial de lo que generalmente nos invita a creer. Y quizá tenía razón aquel escritor que decía: “el pasado no está muerto; ni tan siquiera es pasado”.  Y si el pasado no es pasado, ¿cómo se nos puede escapar el tiempo?.

No hay comentarios:

Publicar un comentario