sábado, 16 de abril de 2011

Id a Galilea, allí me veréis

Por Redacción AJ. Este Domingo es Domingo de Ramos. Termina el tiempo de Cuaresma y comienza la semana Santa. Los ramos que se bendecirán antes de la celebración, y con los que iniciaremos la procesión para comenzar la Eucaristía, nos recuerdan la entrada de Jesús en Jerusalén. Es un comienzo con aire festivo. Pero poco después, la liturgia nos invita a seguir acompañando a Jesús:

- Acompañarlo en la última cena con los suyos. Un cena que no será como las demás, porque Jesús, que sabe e intuye lo que va a venir, con un gesto denso de significado parte y reparte el pan y el vino, como símbolos de su vida entregada hasta el final.

- Acompañarlo en Getsemaní donde sus discípulos duermen, mientras Él experimenta la soledad, el abandono de los suyos y su propia debilidad.

- Acompañarlo en su silencio, y caminar con él mientras carga con la cruz, después de ser injusta y engañosamente acusado.

- Y, finalmente, acompañarlo en su muerte en cruz.


Ahí terminan las lecturas del Domingo de Ramos: en el silencio del sepulcro donde Jesús es enterrado.

"Jesús compareció ante el gobernador, el cual lo interrogó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Contestó Jesús: Tú lo has dicho. Pero, cuando lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores no respondía nada. Entonces le dijo Pilato: ¿No oyes de cuántas cosas te acusan? Pero no respondió una palabra, con gran admiración del gobernador. Por la Pascua acostumbraba el gobernador soltar a un prisionero, el que la gente quisiera.T enía entonces un preso famoso llamado [Jesús] Barrabás. Cuando estaban reunidos, les preguntó Pilato: ¿A quién queréis que os suelte? ¿A [Jesús] Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías? Pues le constaba que lo habían entregado por envidia. Estando él sentado en el tribunal, su mujer le envió un recado: No te metas con ese inocente, que esta noche en sueños he sufrido mucho por su causa. Entre tanto los sumos sacerdotes y los senadores persuadieron a la multitud para que pidieran la libertad de Barrabás y la condena de Jesús. El gobernador tomó la palabra: ¿A quién de los dos queréis que os suelte? Contestaron: A Barrabás. Respondió Pilato: ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías? Contestaron todos: Crucifícalo. Él les dijo: Pero, ¿qué mal ha hecho? Sin embargo ellos seguían gritando: Crucifícalo. Viendo Pilato que no conseguía nada, al contrario, que se estaban amotinando, pidió agua y se lavó las manos ante la gente diciendo: No soy responsable de la muerte de este inocente. Allá vosotros. El pueblo respondió: Nosotros y nuestros hijos cargamos con su muerte. Entonces les soltó a Barrabás, y a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran. Entonces los soldados del gobernador condujeron a Jesús al pretorio y reunieron en torno a él a toda la cohorte. Lo desnudaron, lo envolvieron en un manto escarlata,t renzaron una corona de espinos y se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano diestra. Después, burlándose, se arrodillaban ante él y decían: ¡Salve, rey de los judíos! Le escupían, le quitaban la caña y le pegaban con ella en la cabeza. Terminada la burla, le quitaron el manto y le pusieron sus vestidos. Después lo sacaron para crucificarlo. A la salida encontraron un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a cargar con la cruz. Llegaron a un lugar llamado Gólgota, es decir, Lugar de la Calavera,y le dieron a beber vino mezclado con hiel. Él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron a suertes sus vestidosy se sentaron allí custodiándolo. Encima de la cabeza pusieron un letrero con la causa de la condena: Éste es Jesús, rey de los judíos. Con él estaban crucificados dos asaltantes, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y diciendo: El que derriba el templo y lo reconstruye en tres días que se salve; si es Hijo de Dios, que baje de la cruz. A su vez, los sumos sacerdotes con los letrados y senadores se burlaban diciendo: Salvó a otros, y no puede salvarse a sí mismo. Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Se ha fiado en Dios: que lo libre ahora si es que lo ama. Pues ha dicho que es Hijo de Dios. También los asaltantes crucificados con él lo insultaban. A partir de mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. A media tarde Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lema sabactani, o sea: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban: A Elías llama éste. Enseguida uno de ellos corrió, tomó una esponja empapada en vinagre y con una caña le dio a beber. Los demás dijeron: Espera, a ver si viene Elías a salvarlo. Jesús, lanzando un nuevo grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las piedras se partieron, los sepulcros se abrieron y muchos cadáveres de santos resucitaron. Y, cuando él resucitó, salieron de los sepulcros y se aparecieron a muchos en la Ciudad Santa. Al ver el terremoto y lo que sucedía, el centurión y la tropa que custodiaban a Jesús decían muy espantados: Realmente éste era Hijo de Dios." (Mt 27, 11-54)

Sólo cabe la contemplación: contemplar la fidelidad de Jesús hasta el final, su confianza en el Padre Dios, su abandono y su entrega. Escuchar sus palabras que nos abren a la esperanza y a la confianza en el Dios que no defrauda.

Mirar al crucificado y, con él y en él, a tantos rostros sufrientes de hermanos nuestros...

Mirar la cabeza inclinada de Jesús en un gesto de abandono y mansedumbre...

Mirar sus brazos abiertos acogiendo el dolor, el pecado del mundo, los miedos y las incertidumbres.

Mirar su costado abierto que derrama la sangre y el agua de la misericordia.

Y permanecer con Él, en el dolor y en la esperanza, como aquellas mujeres al pie de la cruz.
"Pasado el sábado, al despuntar el alba del primer día de la semana, fue María Magdalena con la otra María a examinar el sepulcro. De repente sobrevino un fuerte temblor: Un ángel del Señor bajó del cielo, llegó e hizo rodar la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los de la guardia se echaron a temblar de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: Vosotras no temáis. Sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado como había dicho. Acercaos a ver el lugar donde yacía. Después id corriendo a anunciar a los discípulos que ha resucitado y que irá por delante a Galilea; allí lo veréis. Éste es mi mensaje. Se alejaron aprisa del sepulcro, llenas de miedo y gozo, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. Jesús les salió al encuentro y les dijo: ¡Salve! Ellas se acercaron, se abrazaron a sus pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: No temáis; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea, donde me verán." (Mt 28, 1-10)
Madrugaron. Tenían prisa por llegar, por estar cerca de nuevo de Aquel a quien amaban y seguían desde Galilea (cf. Mt 27,55; Mc 15,40-41). Habían recibido de él la salud (cf. Lc 8,1-3; Mc 16,9), se habían sentido reconocidas en su ser, liberadas de sus miedos, fortalecidas y restauradas por su amor, y se habían unido a su grupo como discípulas diligentes y generosas en la diakonía (“servicio” que identifica al mismo Jesús y a quienes le siguen). Madrugaron para verle de nuevo, pero sus ojos estaban cerrados. Buscaban a un muerto, pero en el sepulcro su mirada se transformó y sus ojos se abrieron; su prontitud para ir al encuentro de quien creían muerto, se transformó en diligencia para anunciar al que atravesando la muerte vive para siempre.

Hoy se nos invita a hacer también nosotros un itinerario de la muerte a la vida. ¡Cuántas veces en el entramado diario nos encontramos buscando a un “muerto”, aferrados/as a distintas muertes!

¿Qué pérdidas tenemos aún sin elaborar? ¿Qué desalientos, debilidades, traiciones… siguen teniendo la última palabra que “dirige”, a veces casi sin hacernos conscientes, la propia vida o la de los otros? ¿Qué nos está impidiendo, en último término, encontrarnos con el Cristo resucitado, con el Dios que habita en nuestro corazón y en el corazón de todos los hombres y mujeres?

Acompañemos a María de Magdala y a María de Santiago y dejemos que se nos cambie la mirada, que se nos caldee el corazón, que la tristeza se transforme en alegría, que brote de lo más profundo de nuestro ser un cántico nuevo, porque el Resucitado “asentó mis pies sobre roca y aseguró mis pasos, puso en mi boca un cántico nuevo”, cuando ya me adentraba en la oscuridad, en la soledad que mata, en el silencio que niega la palabra (cf. Sal 40,3-4).


Pero, ¿cómo abrirse a la experiencia de la Vida en la vida? ¿Cómo trascender el sufrimiento, el dolor y la muerte, reconociendo y acogiendo las huellas de vida? ¿Qué ha de movilizarse en nuestro interior y en nuestro entorno para reconocer al Resucitado en el Traspasado por amor? Son varias las pistas que nos da el texto:

1º) Madrugaron. Aún las sombras de la noche no habían desaparecido, pero ellas estaban ya listas para salir. Es la diligencia del amor que las mueve a ir cuanto antes junto al que aman. Lo creen muerto, pero algo/alguien por dentro las empuja a mostrarle una vez más su amor. En medio de la tristeza de la muerte, el amor las hace salir de ellas, las empuja hacia la Vida, y las pone en disposición de abrirse a la alteridad.

2ª) ¡Qué necesario es aprender a ver en profundidad! Así nos lo cuenta Mateo que subraya la acción de ver en su relato: ellas fueron a ver (v.1); el ángel les dijo: “venid a ver” (v.6) y les anuncia que le verán en Galilea (v.7); Jesús las sale al encuentro y les repite que el grupo que ha hecho camino con él le verá en Galilea (v.10). Sin embargo el texto distingue el ver de ellas al principio, con aquel el ángel y Jesús utilizarán (cambian los verbos, primero theoreô y luego horaô). Ellas, atrapadas todavía por la muerte, van simplemente a observar, pero la experiencia de revelación que tienen, primero en el sepulcro, y sobre todo luego, en el encuentro con el mismo Jesús, cambia su mirada. Ahora ven, hacen la experiencia de encuentro con la Quien es la Vida: Cristo resucitado.

3º) Acoger la palabra de consuelo y aliento que llega. “No temáis” les dice el ángel y luego les repite Jesús, es decir, ¡experimentad la realidad de un modo nuevo!; dejad atrás los miedos y abríos a la experiencia del encuentro con el TÚ que es capaz de mostraros lo que realmente es lo importante en vuestras vidas: su proyecto de amor. Y ellas consintieron en “ser confortadas” y acogieron la invitación a descifrar los signos que se les ofrecían en esa mañana de duelo. La certeza de que el Crucificado ha resucitado y el encuentro con él que confirma su confianza transforma sus existencias una vez más.

La invitación a no temer no es una promesa que pasa por alto lo que acontece, sino que transforma la realidad desde dentro. En realidad, el ángel y luego Jesús, les comunican a las mujeres –y a todos nosotros/as con ellas- la certeza de que realmente el grano de trigo que muere da mucho fruto (cf. Jn 12,24).

4º) La diligencia de las mujeres vuelve a mostrarse cuando acogiendo la provocación a no temer y con la certeza de que Él vive, “partieron a toda prisa” (v.8). Las embargaba el temor que acompaña todo encuentro con el Misterio. Su miedo no es el de los soldados (v.4), que asisten a un hecho prodigioso que no comprenden, sino el temor de quien se sabe “tocado” por el Misterio que las lleva más allá de ellas mismas, y las conduce al encuentro con el Amor de Dios, cuya sabiduría trasciende la suya, la supera y las provoca a adentrarse en un nuevo itinerario vital.

5º) Dejar que la alegría embargue todo el ser, porque la alegría aviva y mueve, en primer lugar, el deseo, abriendo a todo hombre y toda mujer a una experiencia nueva en el aquí y ahora que les toca vivir. Y al despertarse el deseo, que puede estar adormecido, se MOVILIZAN todas las energías de la persona, posibilitándose un nuevo crecimiento. Y eso les pasa a estas mujeres que “corrieron a dar la noticia a sus discípulos” (v.8).

6º) Dejarse encontrar en el camino de la vida por el Resucitado, consentir a la experiencia de ser hallados por su ternura, adorarle en el espesor de la historia, en la ambigüedad de los acontecimientos, en la soledad de la oración, en el camino de vuelta hacia los amigos que esperan entristecidos porque creen que ha muerto. Pero, es importante, no tratar de retenerle (“se asieron a sus pies”, v.9), como si fuera algo que nos pertenece, sino escuchar su palabra de ir a narrar que vive, de ir a compartir que le han visto vivo y que les espera en Galilea. María de Magdala y la otra María (la de Santiago), fueron recompensadas en su amor siendo las primeras testigos de que, tal y como Jesús les había dicho (cf. Mt 26,32) había resucitado, y fueron enviadas a anunciarlo.

6º) Escuchar la Palabra que invita a entrar de nuevo en la historia cotidiana y descubrir al Resucitado en cada palabra que brota generando esperanza, en cada gesto que cambia el llanto en alegría, en cada presencia que rompe la soledad, en cada herida curada, en cada mano que ayuda a levantarse, en cada abrazo solidario, en cada brecha de libertad y justicia abierta…. ¿Cuáles son tus historias de resurrección? ¿Dónde estás dispuesto/a a hacer el encuentro con el Resucitado? ¿Con quiénes te animarás a compartir que vive en medio de nosotros, que es posible descubrirle mirando en profundidad porque camina a nuestro lado?

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